El volcán y el apego

Una semana antes, la sucesión de innumerables movimientos sísmicos en La Palma presagiaban lo que días después se desató.

A la hora de comer del 19 de septiembre los avisos dieron paso a una realidad, la erupción del volcán.

Desde entonces, millones de metros cúbicos de lava distribuidos en coladas van arrasando con todo lo que encuentran a su paso.

A lo cual hay que sumar convivir con  explosiones, con  el inquietante y continuo, a veces atenuado y otras virulento, sonido con el que el volcán se expresa.

Por mucha tristeza que sintamos al ver ciertas imágenes u oír algunos testimonios, creo que no somos capaces de ponernos, del todo, en la piel de los palmeros.

Especialmente, al principio, muchos tuvieron que salir de sus casas, prácticamente con lo puesto.

En otros casos, han tenido un poco de más tiempo para marcharse o, incluso, si las condiciones lo han permitido, han podido volver para recoger parte de sus pertenencias.

Todo aquello que hasta ahora formaba parte de sus vidas y que, seguro, en la mayoría de los casos, habían conseguido con gran esfuerzo.

Una casa, algo que significa mucho más que unas paredes y un techo donde cobijarse.

Un negocio, la llave de la despensa de una o varias familias.

La principal riqueza de la isla, las plantaciones de plátanos.

Algunas han sido arrasadas y en otras hay muchas dificultades para sacarlas adelante porque los sistemas de riego se han visto afectados o porque, aunque no hayan sido pasto de la lava, no se puede acceder a ellas.

De momento, no hay indicios que hagan pensar que el volcán entre en una fase de apaciguamiento, pero, sí que es cierto que, la erupción tampoco será eterna.

Cuando las aguas se calmen, en este caso mejor sería decir cuando la lava se calme, se podrá valorar en toda su magnitud el daño causado y, también, será el momento de mirar adelante y recomponer vidas.

Cuando escucho testimonios o veo imágenes de lo que está sucediendo en mi interior se producen sensaciones, reflexiones y algunas preguntas.

Una sensación que claramente me sobrecoge es la imagen de la isla recorrida por la lava. Es espectacular, pero regalarle el calificativo de bella me cuesta al no poder desligarla de sus connotaciones negativas.

Me pregunto si tuviera que abandonar mi casa de una forma abrupta ¿qué me llevaría? ¿tendría capacidad para coger lo necesario? ¿qué sería, en esa situación, lo verdaderamente necesario?

Por mi cabeza se cruzan resiliencia y apego.

Se cruzan y se tocan porque nuestra capacidad para recuperarnos y salir adelante de la adversidad está muy relacionada con esa otra que nos hace presos de nuestras pertenencias.

Hay situaciones, como la que se está viviendo en La Palma, en las que se aprende a dar respuesta a la gran pregunta. ¿Qué es lo verdaderamente necesario?.

Si somos capaces de resolverla y consecuentes habremos dado un paso importante para relativizar sobre todo aquello que nos pertenece o que creemos que nos pertenece.

Publicaciones Similares