Detener el tiempo

El otro día, escuché, en la televisión, una tierna anécdota sobre una persona que paraba, atrasaba o, incluso, metía los relojes en el congelador para detener el tiempo. Le preocupaba y le entristecía ver envejecer a sus padres. 

La nostalgia nos atrapa cuando echamos la vista atrás. También la sensación de que todo pasa muy deprisa que se resume en la frase: “parece que fue ayer”.

En muchos aspectos, percibimos las huellas del paso del tiempo, en nosotros mismos y en nuestro entorno.

Según los parámetros que queramos utilizar para analizar cuándo empezamos a envejecer obtendremos distintas respuestas.

A nivel biológico, a partir de los 25 años, empieza a producirse un deterioro en nuestros tejidos.

Sin embargo, hay quien sitúa, este temido proceso, a los 40 años, momento en el hemos cubierto tres etapas del ciclo vital: nacimiento,  crecimiento y reproducción.

Más allá de cirugías o tratamientos estéticos, la piel es la gran delatora de nuestra edad. 

Evoluciona desde ese aspecto de garbancito en remojo del bebé, a la tersura y firmeza de la juventud hasta hacer, odiosamente, cierta, la ley de la gravedad. 

Hay que aceptar que todos esos cambios llegan, pero no todo va  a ser negativo.

También, el paso del tiempo alimenta mente y alma de experiencias, que bien asimiladas, se transforman en sabiduría.

Sabiduría que nos enseña a relativizar y a tomar conciencia de que el recorrido vital ha sido un camino de aprendizaje que no ha terminado.

Es nuestra actividad mental la que nos va a mantener jóvenes, con independencia de la fecha de nacimiento.

Debemos desterrar frases como : “ yo ya soy mayor para…”. Nunca es tarde para nada.

Envejece quien solo vive de recuerdos, no lo hace quien llena el mapa del futuro de proyectos e ilusiones.

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