Crisis energética

Los altos índices de eso que, en términos económicos, se llama inflación hacen que nuestro dinero se deprecie a un ritmo vertiginoso. Para comprar lo mismo, cada día, el desembolso debe ser mayor.

Todo parece indicar que el origen de este problema está en la subida de precios de la energía y en su posible escasez.

El efecto dominó está servido. Suben los combustibles, sube el gas, sube la luz y empiezan a caer todas las fichas.

La última de esas fichas somos nosotros que nos caemos redondos al suelo cuando llegan las facturas de suministros o la cuenta final en la caja del supermercado o en la tienda de comestibles.

Cuando pienso, con lógica preocupación, en la situación actual me viene a la memoria algo que sucedió siendo yo muy niña.

En el año 1973 los países productores de petróleo amenazaban con cerrar el grifo y los precios se dispararon.

Recuerdo la frase final de un anuncio en televisión con el que se intentaba concienciar a la población de la necesidad de ahorrar energía: “Aunque usted pueda pagarlo, España no puede”

Ha llovido mucho después de aquello, los tiempos han cambiado pero nos vemos, de nuevo, en un problema de idéntico origen.

Si cabe, ahora somos todavía más dependientes que entonces.

En la era digital nada funciona si no hay una fuente de energía detrás.

Nos hemos acostumbrado y tenemos tan interiorizadas las comodidades que nos proporcionan los avances tecnológicos que nunca nos habíamos planteado que pueda pasar algo que nos saque de nuestra zona de confort.

La vida nos vuelve a dar un tirón de orejas y nos repite una lección que nos cuesta aprender.

Dar por supuesto que hay una fuente inagotable que nos suministrará, por siempre, lo necesario para no pasar frio en invierno, calor en verano o que hará funcionar, con permiso de la obsolescencia programada, electrodomésticos, ordenadores y teléfonos es un error.

No nos queda más remedio que ser más cautelosos con nuestros gastos y con nuestros consumos.

Cualquier crisis tiene su parte positiva. La necesidad es un impulsor de cambios.

En la historia hay muchos ejemplos.

Una de mis lecturas del verano ha sido el maravilloso libro de Irene Vallejo “El infinito en un junco”, en el que descubrí que el salto del papiro al pergamino fue consecuencia de un conflicto.

Los rollos de papiro se fabricaban en exclusiva en Egipto. Los faraones tenían el monopolio y, por tanto, la opción de utilizar su precio como medida de presión o sabotaje.

La envidia del rey Ptolomeo V le llevó a cortar el suministro de papiro al rey Eumenes en un intento de acabar con el esplendor de la biblioteca que este último había fundado en la ciudad de Pérgamo.

La historia se repite. ¿No os parece?

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